
El Ritmo donde habita el alma
Historia / Trayectoria personal
Entre el ruido del mundo y el silencio de las madrugadas, encontré en el beat una forma de respirar.
Crecí escuchando el eco del jazz —esas notas que no piden permiso para existir— y entendí que la música no solo se toca, se siente.
Mi universo sonoro se mueve entre el pulso humano de J Dilla, la mística espacial de Quasimoto, la elegancia descomplicada de Miles Davis y la voz eterna de Nina Simone.
Aprendí que el jazz no está en las partituras, sino en los espacios entre ellas; en las imperfecciones que nos recuerdan que seguimos vivos.
A través de los años, he buscado capturar esa esencia: el humo de un club pequeño, la aguja rozando un vinilo antiguo, un sample perdido que revive bajo una nueva luz.
Mi inspiración viene de muchos mundos —del fraseo de Chet Baker, la poesía de MF DOOM, la intensidad de Christian Scott, la emoción de Charles Bradley, la elegancia de Frank Sinatra, la calidez de Gregory Porter, la fuerza de Esperanza Spalding y las atmósferas cinematográficas de El Michels Affair y Avishai Cohen.
Cada beat que creo es una conversación con todos ellos, una carta que envío al tiempo.
Visión y filosofía musical
No busco perfección.
Busco alma.
Cada sonido tiene una historia que contar, incluso los silencios.
Creo en los errores bellos, en los loops que no cierran del todo, en la textura de lo analógico, en los beats que respiran.
Mi filosofía es simple:
“El ritmo no está en el metrónomo, está en el corazón.”
La música, para mí, es un espacio de encuentro entre lo tangible y lo invisible.
Entre el vinilo que gira y la emoción que se queda.
